Por Freddy Véliz – Fotos Cristian Carrasco
Luego de dos años de espera, y con los aforos completos, pudimos tener de vuelta a Metallica en nuestro país. Un show que desde iniciada la pandemia, se convirtió en una incertidumbre para fans y organizadores, debido a su postergación por la crisis sanitaria mundial.
La cita tendría por primera vez a la banda tocando en el Estadio Nacional, lo que generaba grandes expectativas. Con una rápida venta de entradas, agotadas en horas, la postal imaginada era simplemente épica. Hace unos meses cuando se confirma su reagendamiento, los fans saltaron de alegría, lo que duró bastante poco, debido a problemas en los acuerdos de la productora con la administración del Estadio, quienes informaban que debido a los atrasos en trabajos de remodelación, para recibir los Juegos Panamericanos, el principal recinto deportivo de nuestro país, estaba inhabilitado para concretar un concierto de esta envergadura. Vuelve la incertidumbre, la productora amenaza con no realizar el concierto si no es en el Coliseo de avenida Grecia. No hay plan B justificaron. Quedaban tan solo un par de semanas para la fecha agendada, y no se encontraba solución. Se hicieron los esfuerzos pertinentes y se anuncia el traslado al Club Hípico de Santiago, mismo recinto donde la banda se presentó el año 2010, y que no estuvo exento de problemas debido a los malos accesos del lugar, tal como ocurrió con Iron Maiden el 2009.
Un show que ya contaba con 60.000 entradas vendidas, con sus respectivas disposiciones en el Estadio Nacional, no sería fácil reubicar en un espacio como el del Club Hípico. Se hizo, pero como era de esperar, gran parte de las personas que contaban con tickets en las áreas de tribunas y galerías no quedaron conformes, puesto que fueron reubicados entre las subdivisiones de cancha vip y cancha general, levantándose además una gradería mecano a uno de los costados para las ubicaciones de Pacífico (según sectores del Estadio Nacional). Los reclamos no se hicieron esperar, pero ya no había vuelta atrás, según la logística de los organizadores, era lo mejor que podían hacer para que el concierto se llevara a cabo con los plazos al límite.
Llegó el día esperado, y las calles de Santiago se inundaron de niños, jóvenes y adultos luciendo sus tenidas negras, trasladándose hacia el histórico templo de la hípica. En las afueras del lugar, se iban formando filas de buses que traían fanáticos de otras regiones, se respiraba un ambiente festivo, por fin teníamos de vuelta a Metallica en nuestro país, algunos se repetían el plato por segunda, tercera, cuarta, quinta o sexta vez, para otros era su debut frente a los pioneros del thrash metal. Poco a poco se fueron formando aglomeraciones en los accesos, los que en algún momento se vieron colapsados, y el ingreso fue cada vez más lento.
Mientras miles de personas intentaban entrar, a las 18:20 aprox. sube al escenario la banda nacional Yajaira. Conjunto con más de dos décadas de trayectoria que en su curriculum tiene los hitos de haber teloneado a bandas como Jon Spencer Blues Explosion y Black Sabbath. Es decir, no son nuevos en esto, por lo tanto saben sobrellevar el peso de subirse a un escenario de tal magnitud como el de ayer. Su propuesta, que ellos mismos catalogan como puramente Rock Pesado, se mueve por las directrices del Stoner, con sus atmósferas psicodélicas que te invitan a adentrarte en un trip musical envolvente. El público los recibió con respeto, disímiles comentarios se escuchaban entre ellos, unos positivos y otros no tanto, debido a que la característica de Yajaira no es definitivamente la de hacerte saltar, sino la de producirte otro tipo de sensaciones que quizás el público de Metallica en su mayoría, no comprende del todo. Un show sólido que fue de menos a más en su acotado tiempo de presentación.
A las 19:30 estaba estipulada la aparición de la exitosa banda estadounidense Greta Van Fleet, quienes demoraron en salir algo más de diez minutos. El conjunto liderado por el carismático Josh Kiszka, regresó a Chile luego de dos recordadas presentaciones el 2019 en el marco del Festival Lollapalooza, como side show en el Teatro Caupolicán y en el Festival mismo. Un conjunto revival, que logra gran conexión con el público desde la partida. Criticados muchas veces por su obvio parecido a bandas como Led Zeppelin, el cuarteto sabe como montar un espectáculo enérgico, con mucho groove y estilo. Luciendo atuendos elasticados y decorados con brillantes aplicaciones, nos rememoran la estética propia de las bandas que brillaron a fines de los sesenta y gran parte de los setenta. Todo conjugado con una propuesta repleta de guiños al rock de aquellos años.
La banda maneja perfectamente los códigos del rock clásico, estudiadas jam sessions que extienden las canciones por largos minutos, con envolventes solos de guitarra, un marcado bajo que contrapesa con los agudos extraordinarios de Josh. Una gran ovación recibió Danny Wagner por su portentoso solo de batería al más puro estilo Bonham. Definitivamente estos chicos parecieran ser la reencarnación misma de un estilo en extinción. Se echan el público al bolsillo, sonando con la calidad que se espera en un concierto como el vivido.
Probablemente para algunos, no fue necesario extender su presentación más allá de lo estipulado, terminaron a solo unos minutos de cumplirse las 21:00 hrs, horario que supondría el inicio de Metallica. Igualmente el conjunto se despidió con el público saltando su más reconocible éxito “Highway Tune”, luego de un set que mostró parte de sus dos álbumes de estudio a la fecha, dejando el ambiente con la temperatura perfecta para recibir al plato de fondo.
Temperatura que se redujo debido a una espera por momentos extenuante, los minutos pasaban y aun se veía a los técnicos sobre el escenario. En las afueras del recinto se reportaban incidentes, con mucha gente sin poder ingresar aún. No tengo la información oficial, pero teorizo que por los problemas suscitados en el ingreso, se prolongó la salida de Metallica al escenario. Momento que llegó cuando se cumplía una hora del horario pactado, en medio de silbidos de impaciencia del público, que estalló en ovación cuando se escucha de fondo el clásico de AC/DC “It’s a Long Way, to the Top, if you wanna Rock and Roll”, momento indicativo de que el concierto va a comenzar.
Luego de la tradicional introducción con ‘The Ecstasy of Gold” de Ennio Morricone, las cinco gigantescas pantallas de alta definición que servían de fondo escenográfico, al unísono de sutiles guiños a la intro de Whiplash, se fueron iluminando, y ocasionando el furor de los fanáticos que intuían asertivamente el primer tema del set. Un torrente del thrash metal más puro arrasó la épica partida, haciendo olvidar, al menos a los que habían podido ingresar a tiempo, el mal rato de la entrada y el tiempo de espera. Desde ahí el concierto fue fluyendo en un set marcado por la revisión de gran parte de la discografía de la ya legendaria banda estadounidense. Cortes clásicos como Ride the Lightning, Seek and Destroy, For Whom the Bell Tolls o Creeping Death, se fundieron perfecto con piezas claves de su etapa noventas y dos mil, como The Memory Remains, The Unforgiven, la ovacionada “Moth in the Flame” o la sorpresiva “No Leaf Clover”.
Metallica deja de manifiesto el crecimiento que ha tenido a nivel de espectáculo, lejos se ven sus inicios tocando en clubes pequeños como una prominente banda underground. Hoy están convertidos, a cuatro décadas de su fundación, en megaestrellas mundiales, que se dan el lujo de trasladar toneladas de equipos para montar sus shows en gigantescos escenarios. Lo que vimos ayer fue un espectáculo de primer nivel mundial, con detalles visuales que complementan cada una de las canciones que nos presentan. También hay pirotecnia, llamaradas de fuego que explotan en medio y en la cúspide del escenario, también sobre dos torres dispuestas al centro de la cancha, siendo rodeados en una infernal puesta en escena. A pesar de todo eso, la banda peca muchas veces de no ser muy precisos técnicamente, y eso puede jugar en contra cuando se tienen altas expectativas al enfrentarse a agrupaciones descomunales como el histórico conjunto de San Francisco. Pero eso al parecer no es de importancia para la mayoría de su fanaticada, que se conmueve con One, momento en que aparecen los primeros artificios simulando un clima bélico, y enloquece con Master of Puppets, con la banda creando una espectacular puesta visual con las cientos de cruces en perspectiva que se proyectan por las pantallas.
Un show que probablemente sea el mejor de Metallica dentro de sus seis presentaciones en Chile, al menos desde el punto de vista del espectáculo, con un set que seguramente no dejó contentos a todos, y es normal cuando una banda tiene un catálogo tan amplio y variado en estilos como el de ellos, al menos las opiniones de la gente, en su mayoría, apuntaron de forma positiva a la lista de canciones.
Los cuatro jinetes del metal se veían conformes y felices hacia el final del concierto: James Hetfield denota una impronta que le da peso a la performance general de la banda; Robert Trujillo luce su carisma latino y al parecer, poco a poco, se ha ido ganando a un público que no lo evaluó con buenos ojos cuando ingresó reemplazando a Jason Newsted hace ya 19 años atrás; Kirk Hammett mantiene firme su actitud, que de alguna forma cubren sus constantes errores técnicos en la guitarra, a estas alturas un caso perdido si buscamos exigirle perfección, por un lado hasta podría ser positivo, al darle un sentido más orgánico a un sonido tan procesado digitalmente y Lars Ulrich por su parte ostenta su personalidad extrovertida, levantándose de su batería para saludar y sudar ante los exigentes compases que muchas veces se le escapan de las manos, pero es innegable su actitud y liderazgo.
Con Enter Sandman y en medio de fuegos de artificio, la banda se despide de esta nueva parada por nuestro país, la fiel fanaticada refleja máxima felicidad ante este reencuentro con la banda de metal más grande del planeta junto a Iron Maiden. Felicidad que se fue diluyendo en una salida caótica, en medio del barro acumulado por la lluvia del martes, donde se evidenció la falta de un buen plan de evacuación del recinto, que ya en su naturaleza, no cuenta con salidas apropiadas para la cantidad de personas que desean regresar pronto a sus hogares. Una logística que claramente falló, y a la que podríamos buscar muchos motivos acusatorios. Quizás el hecho del cambio de recinto a tan pocos días de la fecha pronosticada, fue uno de las causas que provocó estos errores, y que podrían haber sido mucho más graves, puesto que la posibilidad de un accidente era inminente. No es primera vez que el Club Hípico es utilizado para mega eventos, y estas fallas se repiten. Bueno, no es asunto nuestro buscar culpables ni hacer evaluaciones, de eso se debe responsabilizar la organización y las autoridades pertinentes. Al menos el barro se limpia, tal como ocurrió cuando Metallica debutó en nuestro país en medio de una situación climática adversa, y que todos los que ahí estuvieron, ahora lo recuerdan como una anécdota más, en el largo camino del metal.
